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Salud y vida…

Recuerdo la voz dominical de Virgilio Decán, transformado en Aly Khan narrando las carreras de caballos para el juego del 5 y 6, en Venezuela, mientras alternaba publicidad como aquella de «Salud y vidaaa… con leche Silsa».

La fábrica pasteurizadora,elaboradora y comercializadora del producto fluido y sus derivados, estaba ubicada en la ciudad de Caracas, en la zona oeste, donde existe un barrio que lleva ese mismo nombre: La Silsa.

La comunidad se fue asentando allí con trabajadores de la empresa, en su mayoría provenientes de la provincia, además de otras familias que se adherían informalmente a los negocios del ramo, como formas de sobrevivencia.

Se tomaba leche de vaca y se creía que, en verdad, hacerlo era encontrar «salud y vida». Los mamíferos humanos consumiendo la leche de otros mamíferos, pese a contar con la generada naturalmente por nuestras madres para nuestro amamantamiento. Curioso ¿Verdad?

Los mamíferos humanos nos autocalificamos de omnívoros y por eso nos damos licencia para comer lo que sea, hasta margarinas y azúcares derivados del petróleo o nuevos embutidos que no siempre son hechos con carnes ni quesos derivados de lácteos.

Y, en el orden «alimenticio», volvemos a la leche de vaca, culturalmente en la dieta venezolana desde que así lo decidiera el conquistador, al igual que lo hiciera al imponernos hasta al dios al que debíamos rezarle para, algún día, ir «al cielo».

Pueblos milenarios, al Oriente del planeta, nunca consumieron leche de vaca. Cuando por influencia de Occidente y sus aparatos de publicidad y mercadeo lograron permearle el «gusto» al chino (y todos sus vecinos cuyas miradas son por endijas en vez de ojos), esas culturas, junto al «placer» por los lácteos, conocieron el dolor y la muerte por enfermedades que nunca habían padecido, como el cáncer de mamas, ovarios y de próstata.

En torno al consumo de leche y sus aparentes virtudes se teje todo un sistema de creencias al cual yo me opongo. Me opongo pero, la verdad es que, no ando buscando sumar voluntades para mis opiniones. Tan sólo comparto un pensamiento crítico y problematizador que es atinente a nuestra salud pero que las grandes transnacionales farmacéuticas y los mercachifles de la salud no quieren que nadie vea, pues les sabotearía su inmenso y lucrativo negocio.

Estudiosos del tema, a favor de mis comentarios problematizadores de hoy, nos recuerdan que las vacas  producen leche para sus becerros mientras que nuestras madres humanas producen la suya para sus bebés. ¿Acaso has visto a una madre humana amamantar a un ternero? ¿Por qué entonces sí hacemos lo contrario, tratándose de fisiologías diferentes?

La leche de vacas tiene una alta carga de dioxinas (esos compuestos químicos resultantes de procesos de combustión que implican al cloro), que son contaminantes ambientales persistentes y que,  abundan en el monte, la grama o el pasto con el que se alimentan las vacas y otros mamíferos parientes vacunos que después nos proveen de su leche.

La dioxina, ya que la nombramos, tiene una alta responsabilidad en el desarrollo de formas cancerosas en humanos, especialmente en la próstata, los ovarios y las mamás.

Sin escándalos paranoides, quienes han estudiado la incompatibilidad de la leche de vaca en humanos, señalan fácilmente un mínimo de 15 razones para alejarnos de su consumo. Entre otras, la enorme concentración de lactosa (el azúcar de la leche) que contiene y cuya intolerancia es cada vez más notoria en la mayoría de los individuos humanos que no estamos dotados de páncreas, hígado ni vesícula suficientemente capaces de desdoblarla y hacerla asimilable por nuestro organismo.

Anota esta también, ya que llegaste hasta aquí leyéndome: la leche aporta a sus consumidores una cantidad exagerada de colesterol del considerado «malo». Ocho onzas de leche equivalen a comerse, en una sola sentada, 14 piezas de tocino. Un poquito exagerado ¿No te parece?

Mejor concluir con el eslogan: ¡Salud y vida!… pero sin leche de vaca alguna.

Ilustración: Iván Lira

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