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Soledad y el Mar (II)

Desde que estaba chama he tenido una fijación casi obsesiva en observar, analizar y revisar las relaciones de las hijas con las madres: las de mi primas con sus madres, las de mi mamá con su mamá, las de mis amigas con su mamá, etc. Y así mismo, desde allí también, he establecido algunas definiciones o he ahondado en torno a la feminidad, el rol de mujer, la intimidad, la compañía, la soledad.

Hay cosas que hago que son de mi mamá, hay cosas que hago que son de mi abuela, hay cosas que hago que son de mi tía, y hay cosas que son irrevocablemente mías, y en medio de ese aprender a serse y a estarse con el bagaje que una trae, le toca también desaprenderse en este mismo cuerpo que se hace y se deshace cada tanto.
Que se deshace cada tanto.
Sí.

Yo recuerdo que hace como tres años ya, yo me recocijaba en mi propia compañía. Disfrutaba enormemente mis momentos de soledad: los saboreaba como el helado que una se comía a los nueve años sentada en el porche. Me sentía cómoda en este cuerpo, me disfrutaba a mi misma. Anhelaba cada uno de los momentos de soledad que podía tener: levantarme a hacerme mi guayoyito caliente y dulzón con papelón como me gusta, hacerme una arepita o unas arañitas de yuca, ver una película, agarrar la camioneta de El Silencio e irme pal Centro a sentarme en la Plaza Bolívar a ver a la gente y desear profundamente que una paloma no me cagara encima.
Nunca pasó, fui sumamente feliz.

Saboreo ahora esa sensación, esa extrañeza, esa querencia de volverme a ese lugar que nunca va a ser el mismo porque ahora soy otra pero he comprendido que en el crecer también hay disfrute sólo si una está consigo. El refugio de la compañía propia es cálido y agradable como la brisa de mar a fin de la tarde.

En medio del anhelo del querer estarse con una está un pensamiento y una queja recurrente y cíclica: “yo no tengo tiempo para mi”. En este juego perverso de tener las cotidianidades intervenidas, de cargar, llevar y frentear la guerra cuerpo a cuerpo cuando la muy puta nos quiere matar lentico como el cáncer, una se piensa “carajo, quiero un ratico pa mi”. Y ese anhelo se repite en tantas y diversas mujeres en variadas circunstancias de vida: en la madre que mantiene casa y muchachxs, y trabaja; en la mujer joven que asumió un rol político y no tiene tiempo ni para rascarse las pestañas, en la abuela que cuida a lxs nietxs; en la mujer que es madre, que sostiene casa, que asumió rol político y que además cuida lxs nietxs; y en la mujer que se mantiene a sí misma y a su casa.

No es extraño escuchar entre las mujeres que conocemos “Coño, por qué no me dejan en paz”, “No tengo tiempo ni para mear”, “No me puedo escuchar ni los pensamientos míos” o “Déjenme tranquila”. Ahora, ¿Qué es estar sola? ¿Cómo se aprende y se desaprende? ¿Las condiciones materiales signan esa posibilidad? ¿Qué está detrás de ese pensamiento recurrente?

Pareciera que llenar el tiempo de nosotras mismas es perder el tiempo. Quizá no sepamos estarnos en los espacios donde transitamos porque siempre tenemos la sensación de que algo hay que hacer a pesar que, de hecho, algo estemos haciendo. Es una suerte de ansiedad y auto tormento, y, claro, de culpa católica.

¿Cómo nos somos enteramente? ¿Por que transitamos nuestros espacios a medias en medio de esa ansiedad del serse, del hacer y del no hacer? A veces no sabemos quienes somos, y como no lo sabemos y no nos damos cuenta en medio de ese mar del “hacer obligao” no sabemos lidiar con nada, ni con nosotras mismas porque no tenemos idea de cómo nos transitamos en esos espacios donde hacemos vida. Estarse a medias es la inercia más pura porque la inercia no es dejar de moverse. Es moverse porque sí: sin ánimo, sin impulso. La inercia es ficción.

Antier caminaba desde Parque Central hasta el Metro. Me dio una ansiedad mínima que duró algo así como diez segundos: “Me quiero tomar una birra, ¿A quién llamo? Quiero dulce”. Instantes después me pegó en la cara y me movió el pelo negro esa brisa caraqueña tan singular, me envolvió y me acompañó. Y justo en ese momento sentí regocijo de estarme conmigo, de moverme en este cuerpo y de ser con este nombre.
Y fue que jode bonito.

Una se pregunta por qué las mujeres que la rodean son cómo son, una se pregunta.
¿Será que es que una se las busca así? Regias, fuertes, que frentean, que entrompan, y a su vez están movidas por un profundo amor. Son mujeres en las que me reflejo, en las que me reconozco, y de las que tanto, tanto aprendo. Son mujeres que se saben estarse consigo y cuando se les monta la gata en la batea ven como carajo la sacan y no andan pendiente de si se quedan con el chivo o con el mecate.

Una se aprende, se desaprende y se reaprende en un cuerpo que se deshace cada tanto, y se rehace. Una se acuesta sobre el agua azul salada calma con el infinito debajo y con el infinito encima y se siente tan cerquita con una.

Una es Soledad y una es la Mar, y ambas están dentro de una y se acompañan.