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En una ciudad colapsada

Foto: Luis De Jesús.

¿Transporte superficial? En una ciudad colapsada lo poco que puede quedar del transporte superficial son cenizas. Media hora después y ya con las aguas del reloj presionándome en el cuello, la operadora pidió el desalojo de la estación porque procederían a cerrarla porque no había paso de trenes. ¡Esto me parece estupendo! No pudo esperar a que se me hiciera más tarde para devolverme. Bueno, a subir. Y uno, y dos, y uno, y dos…

-Señor, disculpe, ¿aquí dónde puedo agarrar un autobús para ir hacia Plaza Venezuela?

-Lo puedes agarrar ahí sí es que pasan, pero puedes irte caminando por aquí.

Situación país, fallas en el transporte público. Cierto. Me fui caminando ese martes 31 de julio. Total, Los Dos Caminos no parecía tan lejos. Los semáforos que intentaban mantener el orden en la ciudad de habían quedado sin esas luces de colores controladores y cruzar la vía era también cuestión de cautela. Un zapatero en la calle con muchos clientes que querían remendar sus desgastados calzados; una chica con unos pantalones notablemente cosidos entre las piernas.

Caracas siempre tan concurrida –y ocurrida-, pero este escenario agitado ya lo conocía yo. Una señora sudada, de unos 50 años, estaba junto a otra multitud en una parada –digo yo parada, pero cualquier esquina en Caracas es ideal para esperar un autobús-.

– Señora, hay retraso en Línea 1, ¿verdad?

– Eso está horrible.

– Sí, me imaginé, yo estaba en Bello Monte y nos mandaron a desalojar el andén.

– Por lo menos tú estabas en la estación. Yo duré media hora dentro del túnel y tuvimos que salir así.

Me mostró sus zapatos curtidos por esa caminata subterránea inesperada mientras intentaba secar el sudor de su cara. Esto me suena a uno de esos famosos comentarios de Crónica de una muerte anunciada, claro, es que esto ni sorprende ni asombra, pero sí deja a uno sin aliento, sobre todo cuando debemos caminar cientos y cientos de cuadras para llegar a algún lado.

Para cualquiera pudo haber empezado como un día normal, pero en Venezuela nadie puede empezar como si fuera un día normal. Ese es el primer error y nos damos cuenta de eso cuando ser positivo tampoco es que sirva de mucho en algunos casos.

Salía por las escaleras de la estación Bello Monte del Metro de Caracas. Primera vez que la usaba y subiendo las escaleras mecánicas ocurrió un bajón de luz que dejó a aquellos escalones mecánicos copados de apurados y ansiosos. Las luces se apagaron y un poco de ejercicio para mis oxidadas articulaciones no caería mal… y uno, y dos, y uno, y dos…

Me disponía a hacer una diligencia en la antigua sede de la Alcaldía de Baruta, pero no había luz. No quise esperar más de quince minutos porque podía llegar a mi trabajo. Me fui y me dirigí nuevamente a la estación para retomar mi camino hacia Plaza Venezuela y dirigirme posteriormente a la Línea 1.

Todo parecía normal y estando ya en el andén pasaron los largos minutos. «Se les informa a los señores usuarios que debido a fallas de Corpoelec el sistema presenta fuerte retraso». En un fallido intento de mantener la calma, esperé, esperé, y esperé. «Se les informa a los señores usuarios que debido a fallas de Corpoelec el sistema presenta fuerte retraso. Se les sugiere hacer uso del transporte superficial».

Y así fue como comento otra vez todo. Nos convertimos en la ciudad de invisibles: aparentemente nadie ve a nadie y los tropiezos a contracorriente ocurren a cada paso que vamos dando.

– Ya va, ¿¡no ve que por culpa de Maduro los semáforos no funcionan!?, soltó una joven mientras cruzaba la calle desorientada y el conductor de un carro tocaba corneta acelerado.

Escuché el reclamo a mis espaldas y me causó cierta gracia porque ahora en cualquier situación muchos terminamos nombrando a ese señor que uno imagina tranquilamente en aquel palacio blanco de Caracas.

Ya había pagado 10 bolos desde Plaza Venezuela hasta Chacaíto. Mientras estaba allí dejé que las mil 747 gotas de lluvia que me cayeron encima me liberaran de cualquier amargura. No fue una decisión que tomé a la ligera, sentí presión por el sujeto que me miró de arriba abajo y me clavaba su mirada filosa. No quería sumarme a la lista de los desafortunados y decidí apartarme de ese lugar.

– Hasta aquí llego yo, dijo el chofer.

A diferencia de las tantas otras veces que este sistema me ha hecho caminar –e incluso cayendo la silenciosa noche- esta vez mantuve la calma. Caminé aún más hasta que pudiera ver un autobús que me dejara cerca de mi destino justo con casi dos horas de atraso. Todas las destartaladas unidades hasta más no poder: la gente colgada de las puertas y exageradamente con manos y piernas saliendo por las ventanas.

20 bolos en uno que pasó justo al frente de la plaza Francia de Altamira y que me dejó finalmente cerca del edificio de mi trabajo, menos mal tenía algo de efectivo en el bolsillo. En todos los pasos que había dado hasta ese entonces me pasaba por la mente la misma pregunta que me han hecho cientos de veces muchos amigos: «¿por qué no te has ido del país, Luis?».

No entiendo qué me ata todavía a todo este desorden apenas soportado por algunos y por mí también, no sé de dónde a veces saca uno las fuerzas y las ganas de enfrentar todo esto. Caminar también tiene su encanto, en ciertas circunstancias, pero tener esa visión te ayuda a sobrellevar otras tantas que se te presentan.

Tarde ya iba a mi trabajo, así que nada estaba a mis manos para intentar remediar nada. Una iguana o un tiranosaurio, no lo sé. En ese momento solo caminaba, pensaba y veía cosas y gentes. Como al amor de mi vida, por ejemplo, a quien realmente no vi, pero imaginé que lo encontraba caminando en sentido contrario y que nos saludábamos como si él realmente me hubiese extrañado tanto.

Un amor, ¿cómo cambiaría la situación si en vez de caminar observando cada grieta de la sociedad caminara únicamente observándolo a él? Pero como ocurre con la mayoría de las ilusiones, esa se terminó en seco.

Esperar un autobús o intentar encontrar uno es una odisea.

Esto debe ser fuente de inspiración para cualquier escritor que quiera ponerse los interiores de Homero.

 

@Luisdejesus_