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Entre la igualdad que tenemos y la igualdad que queremos

Estaba leyendo a Carlos Fernández Lira y Luis Alegre Zahonero, autores del libro El orden de El Capital, cuyo título resultó ganador del Premio Libertador al Pensamiento Crítico, 2010. En su extensa obra, basada en “una lectura republicana de El Capital, ofrecen gran importancia al tema del valor y, al referirse al concepto de “igualdad humana” ubican a éste como que posee “en la sociedad moderna, inequívocamente, ‘la firmeza de un prejuicio popular’, aunque los mismos autores dan por cierto que, “para una buena parte de esa tradición (la Ilustrada), se trata de una exigencia felizmente realizada ya precisamente con el triunfo de la Modernidad misma, es decir, con el triunfo del derecho (en lo relativo a la esfera del Estado) y con el triunfo del capitalismo (o sea con el triunfo del mercado como mecanismo de mediación universal en todo lo relativo a la esfera de la denominada ‘sociedad civil’)”.

La “igualdad” que tenemos hoy, es entonces una igualdad de clase que en el capitalismo ha aparejado a los individuos ante el Estado y ante el mercado. Somos iguales ante la ley, pero no ante lo real y somos iguales ante el mercado pero no ante unas relaciones reales de producción en las que unos producen los bienes materiales y otros (muy pocos) son dueños de los medios de producción.

Las constituciones de los Estados modernos y todas las leyes burguesas hacen iguales a los individuos ante la misma y contemplan penas o sanciones en equidad, para quienes incumplen o faltan a esas leyes. Ser iguales ante la ley implicaría que quien roba grandes sumas de dinero o el sudor de sus trabajadores dependientes, debería ser penalizado en igualdad de condiciones de quien lo hace por hambre y arrebata un bollo de pan en una panadería y emprende la carrera hasta ser aprehendido y sancionado. Sabemos, observamos y padecemos a diario la gran desigualdad real de delincuentes que, ubicados en la clase de los explotadores jamás van a prisión ni son sancionados, pese a sus descarados, masivos y cuantiosos robos. En cambio, los explotados, los pobres, los sin nada, en imitación de sus explotadores, patronos o jefes, si roban, terminan en las peores cárceles, con las más inhumanas sanciones y, a veces, hasta sin fórmulas de juicio, pero condenados por una sociedad que los califica en abierta desigualdad, pese a lo contemplado en el papel, por el Estado y sus leyes.

Pero la igualdad que tenemos dentro de la llamada Modernidad en el dominio del capital es también “igualdad” ante una sociedad que a todo y a todos nos convierte en mercancías que de manera “libre e igual” participamos en el mercado porque tenemos algo para comprar o para vender. Para producir vendemos la única mercancía que poseemos, nuestra “fuerza de trabajo” que tiene un precio en el mercado, que se llama salario y que es igualada ante la mercancía referencial y aplanadora, que es el dinero. El mismo dinero con el que se compra nuestra fuerza de trabajo, es el que utiliza el burgués para adquirir materia prima o medios de producción y el que, en la esfera de la circulación, permite que ante intermediarios nos abastamos. En ese sentido, también estamos ante la igualdad que tenemos.

La igualdad que tenemos, definitivamente, no es igualdad. Es igualdad de derecho y mercado, pero jamás de hecho. La igualdad de hecho, la que queremos y por la que luchamos quienes nos empeñamos en sobrepasar al capitalismo y construir la verdadera sociedad de las y los iguales, a la cual llamamos socialismo, comunismo o Patria socialista, debe estar fundamentada en la producción, distribución y consumo de nuestros bienes, a partir de las capacidades y necesidades de cada quien, sea que estemos en la esfera de la “elaboración” o en la de la circulación.

La igualdad que queremos es y debe ser igualdad de los diversos, porque todas y todos no reunimos idénticas condiciones para generar nuestros bienes, así como tampoco poseemos las mismas necesidades para consumirlos.

Carlos Fernández Lira y Luis Alegre Zahonero nos ofrecen lo que ellos mismos han denominado una “lectura republicana de El Capital” y ello se convierte aquí en una excusa para invitarles a leer su libro El orden del Capital, para entender el tema de la igualdad desde la perspectiva de clase y para entender nuestra lucha revolucionaria como lucha por la igualdad en la diversidad, en contra del capitalismo que “constituye un mecanismo endiablado capaz de generar la mayor explotación en nombre de la libertad, el más profundo abismo entre clases en nombre de la igualdad y la peor de las servidumbres en nombre de la independencia”.

Ilustración: Xulio Formoso