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La Vinotinto no ganó, pero igual lo celebramos

Nunca Venezuela se había gozado tanto el fútbol como lo hicieron en el Mundial Sub20 de Corea del Sur. Contra todo pronóstico, ninguno se atrevió a abusar de optimista para empujar con el hombro a la Vinotinto hasta la final. Nada más pensar en Alemania como rival de grupo, ya se insinuaba otro episodio de frustraciones o la proyección conformista de un torneo con resultado discreto. Pero sucedió que la Vinotinto le ganó en su debut a la versión juvenil de la selección campeona del Mundo, y lo hizo de una forma que esquiva cualquier insinuación de suerte y no del talento.

Sin el linaje de otras potencias del fútbol, La Vinotinto hizo lo que desde 1979 no se había repetido: completar la primera ronda sin goles en contra y con el puntaje perfecto. Ese recorrido increíble hizo un gran ruido que se metió como una interferencia positiva para un país que solamente es reseñado en estos días como el preámbulo de una guerra fratricida, una sucursal de desabastecimiento y un ensayo de lo peor del tercer mundo, donde todos estamos caminando por la cornisa de la hambruna.

Los chamos dirigidos por Rafael Dudamel le dieron al país la tregua moral de volver a sentir orgullo, sin mascullar por un rato la frase amarga de los pesimistas: “este país de mierda”. Le ganaron a Japón, Estados Unidos y Uruguay para llegar a la final contra Inglaterra, para quienes se decantó la suerte del campeón, terminando con aquella suerte desafortunada de inventores del fútbol que siempre son favoritos, pero que casi nunca ganan.

En cambio, nuestro fútbol, acostumbrado a no ganar nada, sintió que lo había ganado todo a pesar de no haber triunfado, y no por conformismo, sino por la escasez de un resultado semejante, por lo que nuestra gente no se acomplejó en recibirlos con la distinción de notables embajadores del buen nombre de los venezolanos.

Acostumbrados a la zozobra de retar al tiempo, el pase a la final llegó con el tono nuestro de dejar lo mejor para lo último. Ya pasados los 90 minutos, a Samuel Sosa le salió aquel zapatazo increíble que superó a los dibujos en tiza en el pizarrón del técnico. Luego, sin renunciar al drama de los momentos épicos, ya en tanda de paneles, Wuilker Faríñez logró la hazaña de tapar dos lances, uno de esos el último, dejando colgada la escena para la mejor foto de su vida.

Lamentablemente no se pudo coronar el objetivo de un título que desde el país empezamos a creernos bastante tarde. Increíblemente, la derrota la asumimos sin la tentación suicida del escarnio propio, y una insondable conmiseración suavizó el rigor de desbaratar a Adalberto Peñaranda por haber fallado el penal, a lo mejor por aquello de que cayó bastante simpático de que “somos los que flinchy”.

Lo que sí permanecerá en el limbo de una especulación eterna, para no decir como un atragantamiento histórico, es la pregunta de ¿qué hubiera sucedido si Dudamel no hubiera dado sus declaraciones políticas luego de ganar el partido de semifinal a Uruguay? No sobrará quien encuentre en el resultado final del Mundial la comprobación de una superstición que afirma que “el que se mete con Chávez (en este caso con Maduro), se seca”.

A pesar de este despecho, con ese defecto optimista caribeño nuestro, nos hemos tomado el subcampeonato de la Vinotinto Sub20 como un logro que igual merece ser celebrado, ya que no todos los días una generación afortunada vive para contemplar una epopeya deportiva que nos reconcilia con la confianza en nosotros mismos, cuando el pesimismo se enseñorea entre gente madura y aflige a los jóvenes, a los que les han venido machacando el fatalismo de un futuro sin futuro.

DesdeLaPlaza.com/Carlos Arellán Solórzano