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Fragmentos

Fragmentos porque lo que aquí transcribo representan muchos recuerdos, vivencias y elocuencias que por algún motivo se quedaron en mí. Una vez alguien me dijo: a todo lo que escribas anótale la fecha, así sabrás en qué momento algo comenzó o en qué momento algo se fue a la mierda.

Desde entonces intento hacerlo en la mayoría de las experiencias que comparto y en aquellas que aún conservo y que guardo con recelo. Esperaba hacer una sola entrega, pero la extensión de esta entrada me obligó a dividirla. Por los momentos les dejo la primera parte:

30 de enero. Vi un atardecer sublime, de colores intensos que ya no recuerdo, pero que se iban perdiendo. Fue bonito y ausente, así como él.

7 de febrero. Quisiera volver a tener siete años y correr con mis patines por la noche en aquella plaza en donde pasé tanto tiempo; quise volver a tener siete y aprender a manejar bicicleta y caer mil veces hasta rasparme las rodillas. Sentir nuevamente, con ilusión de primavera.

7 de marzo. Un mes después, no sentí interés por nada, sentí que nada me emocionaba y que nada me atraía. Sentí miedo, y aún lo siento, de no poder querer a nadie. Estaba en alguna de las calles de esa ciudad que me susurraba cosas al oído y sentí la necesidad de sentarme a llorar en cualquier parte y que algo bonito interrumpiera mi llanto.

9 de marzo. Se lo recosté a una señora en el Metro de Caracas. Para comenzar, y en mi defensa, alegaré que no fue mi intensión. Fue su culpa. La culpo tanto como a los demás que estaban en el mismo vagón que yo. Todos apretados e incómodos conversando y peleando sobre las revoluciones y las carencias de una patria.

Emanaban calor y tensión por culpa de los odios que llevaban encima: el efectivo, el transporte, el Metro y sus fallas, la comida, el salario, el contrabando, los servicios públicos, la inseguridad, ¡el coño tener que estar yo allí metido con toda esa gente que me recordaba lo que yo mismo sé! Lo que veo todos los días, lo que pienso a diario, lo que ya todo el mundo conoce, lo que algunos ocultan y otros demuestran.

Hacía calor y la gente no entendía. Respiraba profundo e intentaba continuar en la lectura bajo la mente de una poeta retorcida, casi maldita. «Suave rumor de la maleza creciendo. Sonidos de lo que destruye el viento. Llegan a mí como si yo fuera el corazón de lo que existe. Quisiera estar muerta y entrar yo también en un corazón ajeno».

Me empujaban con intensión o sin ella. Largos minutos de espera, otros bajaban y yo aún persistía, tanto como sueño, tanto como algún día viajaré. Pero si muero, ¿qué pasaría si muero en mi travesía? Olvido. Salgo y continúo mi camino, caminando. Casi con calma. ¿No pasó nada?

19 de marzo. Qué será de la noche y las circunstancias. Aplaudo la obra de mis desesperanzas en el reflejo del espejo de las oportunidades perdidas; en el lugar donde habitan las emociones que como gramos de arenas las dejé mutilar por el paso del tiempo.

30 de marzo. Llamé a mi sobrinita de cuatro años, ya casi cinco, para hablar con ella porque sabía que estaba un poco enferma. En lo que contesta me dice: «Me duele la boquita porque Hachiko me mordió». La mordida del perro le causó una infección, con fiebre y algunas y grandes llagas en su boca.

Eso despertó en mi dos cosas: tristeza porque sé cómo tenía la boca porque pude verle en unas fotografías que me enviaron; y un poco de gracia porque, sin preguntarle, también me dijo que ella lo estaba molestando cuando no debía. «Qué bonita la inocencia», pensé en ese momento.

Les hablaba de Reichell Sophia, mi primera sobrina. Ahora tengo cuatro, pero ella es mi adoración. Le daba la comida, le preparaba el tetero, jugaba con ella, le cambié los pañales, le cantaba; un millón de pequeñas cosas. Mis días libres en la universidad los dedicaba a cuidarla. Y entonces veo cómo ha crecido y me da nostalgia. En nuestras fotos encuentro nostalgia. Por esos momentos que crearon un lazo tan grande y solo pido que jamás le pase algo en el mundo que pueda cambiar su sonrisa ni la de mis otros sobrinos, que me dan tanta alegría.

2 de mayo. Pareciera que en la vida cargara con todo el peso que durante nueve meses yo le causé a mi madre.

14 de mayo. Cayó el Día de la Madre. Me habría gustado poder compartir una fotografía de mi mamá conmigo cuando yo era pequeño, pero no tengo. Para justificarme, dije que los que somos carentes de fotos no somos carentes de recuerdos y por ahí por los caminos nos las vamos recreando. Total, nadie podría decirme que esas nunca nos las tomamos.

22 de mayo. Lo poco que nos quedaba quizá también viaja en Metro, así como los demás, empujando ahora a cualquier persona que se le atraviese, desterrado, sin ni siquiera mirar a los rostros, sin ni siquiera sentir nada.

29 de mayo. «Cómo alguien de alma tan noble puede tener la mirada tristísima», vivía preguntándose.

2 de junio. La lluvia me recordó a Margarita, el lugar donde nació mi madre; ese momento me llevó al conuco de mi abuelo y a su casa de cemento que construyó con tanto esfuerzo después de tanto tiempo, tan solo a unos metros del ranchito de zinc que nunca abandonó. «De aquí solo salgo muerto», dijo un día. Y así fue. Ese día la lluvia me trajo una brisa de playa revuelta. Eso y la soledad de mi abuela en el lugar donde compartió tanta vida con su amor para siempre: «Me hubiese querido morir yo primero para no sentir todo esto».

Quise que alguien con sus manos de tempestades me acariciara el cabello hasta que me quedara dormido. Quise quedarme sin nada, perder lo que tanto había buscado,y ya no tener esa tranquilidad insegura. Marina, ese es el nombre de mi madre. Quizá este temeroso amor por el mar se deba a ella. Nunca aprendí a nadar, aunque viví en la costa muchos años de mi vida. Ir y venir constante. Ese sonido de las indecisiones, saltar y volver a nacer en una orilla. Admito que soy miedoso.