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Manteniéndonos Humanos

Todos los días la rutina, el bombardeo de noticias, el incesante bullicio de la publicidad nos hace cerrar la mente, nos hace sentir robots en un mundo que se siente ancho y ajeno, como supo decir Ciro Alegría.

Levantarse, desayunar, ir a trabajar. Todos los días la rutina cotidiana de desayunar. Todos los días pensás en tus hijos que duermen, y que pronto también se levantarán para ir a la escuela. En las maestras que enseñan, en tu jefe que manda, en tu esposa que levanta a los chicos y se va a trabajar. Y el mundo se te muestra extraño y distante.

Lees el diario, escuchás la radio, ves la televisión. Asaltos, terrorismo, inflación, corrupción, que Fulano de Tal tenía millones en valijas, que Mengano tiene cuentas en el extranjero, que la justicia imputa a algunos y perdona a otros. Que el Déficit Fiscal aumentó en miles de millones, y en la tarjeta del colectivo te quedan para dos pasajes y todavía no cobraste. Y el mundo se muestra triste y perdido.

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No rajes tu cerebro,
no abras tu pecho,
no desgarres tu vientre.
Hay dolores
que no ocupan
lugar en el cuerpo.

El colectivo repleto te aplasta en su humanidad indiferente de celulares, auriculares y ojos cerrados. Nadie se mira; todos se temen. Las mismas caras, los mismos ojos cansados todos los días. Cuando uno tiene la misma rutina, cosas de la ciudad, la rutina se hace compartida. El vendedor que se gana la vida, hace malabares para seguir sin vender nada. La niña que se duerme apoyada en las piernas de la madre, y el mundo se te muestra encerrado en treinta asientos y cincuenta parados.

Llegar al punto

de la comprensión del caos,

boca abierta llena de neblina.

Emerger de los puntos cardinales

en una cruz donde el corazón

es el epicentro.

Hacer saltar al animal domesticado

en las arenas de un circo.

Creerme salvajemente endemoniado

porque le aúllo a la luna desde la terraza

con una cerveza en la mano.

Sacar desde dentro del cerebro

la idea que el origen y la nada

son posibilidades, aunque no lo crea.

Humano demasiado humano.

En el trabajo los mismos saludos, las mismas caras, el mismo lugar. La caja registradora, el cobrar cosas que no quieren pagar por delitos que se crean para poder recaudar. Siempre pensaste que a ninguno de los que dicen preocuparse por la ciudad les importa un carajo donde se estaciona, el tránsito y si las ordenanzas complican más la vida que facilitarla. Que se pone más interés en cobrar que en educar. Y los insultos y las broncas que te llueven, pero no piensan que necesitás trabajar, que tenés hijos que alimentar y que, si pudieras, te pondrías del otro lado del mostrador a insultar con todos los demás. Y el mundo se te muestra indiferente y perverso.

Como un fósforo al lado del sol,

como ser humano caminando en la vereda.

No hay más ni menos de lo que hay.

Sonríe, el Dios que inventaste

para sentirte protegido, te ama.

Sonríe, el Demonio que inventaste

para cuando te sentías demasiado protegido,

y querías un poco de libertad,

también te ama.

Todos te aman

hasta la naturaleza que destruyes sistemáticamente.

Todos te aman,

menos ese ser que camina en la vereda, tu semejante,

que caga metódicamente en tu cama.

¿Querés conocer a ese ser que no te ama?

Tomá, acá tenés un espejo.

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El sol ya se oculta. Desde tu ventanilla ves las luces de la calle que se encienden. Es la hora del retorno. Otro día más ha pasado. Antes de ir a tu casa pararás en un bar, tomarás una copa. No porque tengas sed. No porque sea una costumbre Americana y queda chic, lo harás para sentirte vivo, para sentir que podés tomar una decisión más allá de la rutina y,  para tener un lugar donde ser uno mismo perdido en la nada. Para no dejar de ser un poco humano.

El otro está

en la vereda

del  frente.

Como flor,

abrigo,

puerta,

desamparo.

El otro soy yo

en la mirada

de otro.