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Peligro al volante (I)

Habilidosa, decidida, audaz, rauda y veloz, así soy yo cuando ando sobre cuatro ruedas, pero también puedo mutar en un híbrido entre: Munra “El inmortal” y Úrsula la de la Sirenita y arrancarte el árbol genealógico completo, para insultártelo en un perfecto idioma de cañería, perdiendo el poco glamour que tengo, si me haces arrechar y yo estoy manejando, represento un verdadero peligro al volante, así que ya te avisé.

Siempre me ha gustado viajar en carretera, soy una excelente copiloto pero también disfruto del paisaje, de la velocidad, del viento, de la música que nos acompaña. Si tuviera los medios para hacerlo, recorrería el país entero en carro.  De niña, pude alimentar y saciar esa afición con un tío, al que también le gustaba viajar por carretera, con el detalle que yo iba sentada en el medio de una Toyota Samurai, con un primo roncando de un lado y otro dándole golpes al respaldar del otro lado y temiendo por mi vida de no ser mordida por la perrita (psicótica) Pomerania de mi tía. Sin embargo, viajamos por toda Venezuela, Barquisimeto (5 horas), Mérida (12 horas), Puerto Ayacucho (14 horas) y así… De cada ciudad y pueblo, un recuerdo, una foto en la memoria, un sabor, un color. Adoro la carretera. Amo mi país.

En la ciudad la cosa cambia. A veces parece que a los caraqueños sacaron su permiso para conducir de una caja de cereal o se lo ganaron en una rifa, porque el caos del tráfico de la ciudad es generado por la irresponsabilidad y poco conocimiento de las leyes de tránsito, por no mencionar la falta absoluta y rotunda del sentido común y el respeto por el otro.

Según una encuesta de Luchemos por la Vida, la mitad de las mujeres reconoce insultar a quien la molesta y el 39% toca la bocina o corneta, al que la importuna en su camino. Este caso pudiera ser el común en cualquier metrópoli con sobrepoblación de automóviles y escasas vías rápidas, pero en Caracas es un caos a toda hora. Súmenle que pocos respetan las leyes de tránsito básicas, semáforos, rayado para peatones y circulación por el hombrillo. Se convierte en un desastre funcional, del que puedes o no, salir vivo.

Sino me cree lo antes expuesto, pruebe alguna vez que le toque estar de primero en un semáforo, adelante un centímetro, el carro que esté a su lado lo adelantará un centímetro más. No tiene pele, es fijo, es como si su vecino de carro se acomplejara por haber tenido la osadía de adelantarlo un poquitico más. Hágalo de nuevo, y se repetirá la fórmula de manera inmediata y sin fallo. A esta conducta la hemos bautizado como la Ley del yovoyprimero.

Yo comencé a manejar después de vieja, nunca tuve ese gusanillo ni la fiebre a los 15 años por robarme el carro de mi papá. De hecho aprendí a manejar sin asistir a una academia, sino usando el sentido común y copiando las acciones prudentes de mi padre, el eterno chofer de la casa.

La diferencia es que yo soy impaciente por naturaleza y recuerdo que una vez, un conductor se la quiso dar de vivo y me adelantó en un semáforo al punto de que casi me choca. Yo me transformé y saqué la mitad de mi humanidad por la ventana y comencé a decirle cualquier cantidad de barbaridades y groserías, me puse roja, comencé a respirar como un toro, tenía tanta rabia por el abuso, que dejé las uñas marcadas en el volante, mi mamá se quedó estupefacta al ver mi reacción y me recomendó que me tomara la cosa con calma.

La primera vez que manejé fue en la playa, en unas vacaciones que nos fuimos a Boca de Uchire en Anzoátegui y había que ir al pueblo por hielo y bebidas, fue en aquella mañana de julio, que a mi papá se le ocurrió decir las palabras más mágicas de la vida: “maneja tu”. Yo no lo podía creer, pero no dudé un segundo en aceptar, mi primo y mi hermana nos acompañaron, mi papá a modo de chiste les pidió que mordieran su cédula con la foto para adentro, para que reconocieran los cuerpos si sufríamos un accidente. Nada malo pasó, salvo que de tantos huecos que había en la carretera, no pude pasar de 20Kmph y como me pegaba demasiado a los bordes, el carro terminó todo rayado por las matas de cují que adornan los lados del camino.

Luego de esa vez, siempre acompañada, pude ir a la panadería, a buscar a mi hermana al colegio y a ir al mercado, 100mts a la redonda prácticamente. La cosa se puso buena el día que tuve que agarrar autopista, aunque no había tantos huecos como aquella vez, yo iba a 20Kmph también, lo que ocasionó que me insultaran a mí, por ir tan lento en una vía rápida.

He tenido la oportunidad de viajar más lejos, con cuidado y tomando todas las previsiones, aprendí mucho ya que por una lesión en el hombro, mi papá estuvo un tiempo como copiloto y yo como conductora designada. Tuve un novio que vivía lejos de casa y al que llevaba cada noche que nos veíamos, eso provocaba que hasta que no escucharan las llaves en la puerta de la casa, mis padres no paraban de rezar.

En la próxima entrega, les contaré las locuras que he vivido frente al volante, no se la pierdan.

IG/TW @VickyZoe