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Soy tan chamo como parezco

La juventud no es un grupo etario, aunque también. ¿Cuándo y por cuánto tiempo se es joven? ¿Es la juventud un valor en sí? ¿Es que, acaso, en la organización social, política o gubernamental se deben preservar los igualitarismos para que sean “los jóvenes” quienes tengan mayor decisión en las estrategias, trabajos y logros?

La preocupación revolucionaria por la inclusión ha colocado un importante, y no sé si desproporcionado, acento para incorporar a las mujeres y a las y los jóvenes en todos los grupos de poder, fundamentalmente políticos.

Ernesto Guevara de La Serna, el Che, definía a los jóvenes con el concepto “vanguardia”. En 1962, ante la Unión de Jóvenes Comunistas, les dijo: “Ustedes, compañeros, deben ser la vanguardia de todos los movimientos”. ¿A quienes hablaba Che? ¿A un grupo de chamos imberbes “picados por el sarampión de la rebeldía juvenil”? Hablaba a  una militancia crítica llamada a ser la primera en estar dispuesta “para los sacrificios que la revolución demande, cualquiera sea la índole de esos sacrificios. Los primeros en el trabajo. Los primeros en el estudio. Los primeros en la defensa del país”.

Es evidente que, visto así, el joven es expresión de fuerza e impulso, de voluntad indoblegable. Pero, nos preguntamos, ¿esa fuerza, impulso y voluntad son el resultado de una preconfiguración genética? ¿Ser joven es una virtud en sí?

El mismo Che sabía que ser joven no era un valor intrínseco propio a personas menores de 30 años de edad. Esa evidencia numérica tomada como referencia podría llevarnos a esconder que soy tan chamo como parezco. El conocimiento y la conciencia de clase pueden y deben ser determinantes en la caracterización de la juventud, más allá del segundo grupo etario en la escala que se inicia con la infancia y finaliza con la ancianidad. “saber, para no caernos, para no tropezar e irnos al suelo”. ¿Cuánto sabe una o un joven a los 18 años de edad? ¿De qué depende su sabiduría y de dónde le viene?

“Conocer nuestras debilidades para aprender a resolverlas, conocer nuestras flaquezas para liquidarlas y adquirir más fuerza”, como señala Che, ¿es característico de chamas y chamos entre 18 y 25 años de edad? O ¿más bien propio de quienes han logrado “crecer” sin desclasarse y “madurar” sin jamás envejecer?

Para madurar sin jamás envejecer es necesario, imprescindible, insustituible, el pensamiento crítico y éste no se adquiere en grandes supermercados ni en ventorrillos. Se forja de vivir, trabajar, estudiar y luchar. Se es joven de verdad, cuando no se deja de soñar, cuando no se permite que se esclerose el vivir y uno se decide a aprender con el trabajo, como fuente de toda cultura auténtica: “trabajar organizando, trabajar puntualizando el lugar donde duele, el lugar donde hay debilidades que corregir, y trabajar sobre cada uno de ustedes para poner bien claro en sus conciencias que no puede ser buen comunista aquel que solamente piensa en la revolución cuando llega el momento del sacrificio, del combate, de la aventura heroica, de lo que se sale de lo vulgar y de lo cotidiano y, sin embargo, en el trabajo es mediocre o menos que mediocre” señalaba el Comandante Che.

Está bien exaltar a la juventud y colocarla en papeles de vanguardia dentro del proceso revolucionario que hoy se adelanta en Venezuela pero hay que revisar si no es mucho mejor que sean ellas y ellos mismos quienes allí lleguen por su compromiso de clase y por entender que la revolución contra el capital se hace desde el trabajo, como lo predica con acciones el propio presidente Nicolás Maduro. En fin, la lucha es de clases y yo soy tan chamo como parezco

Ilustración: Xulio Formoso