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El desafío descomunal de sostener el optimismo

No conforme con que todo está caro, también cuesta, y mucho, ser optimista en estos días. No falta alguien que te malogre el alma cuando resiente lo cotidiano con un abatimiento que se contagia con la facilidad de un bostezo.

Es invariable entre muchos, y seguramente les ha pasado, que calculan con frustración que el saldo quincenal de su trabajo cuesta menos que un kilo de queso, y eso es un atentado brutal contra cualquier intención de conservar la esperanza en el país.

Sin contar que los que andan a pie ahora sufren el tormento de pensar cómo llegarán al trabajo y luego cuánto tiempo demorarán para volver a casa, a medio comer y a medio dormir, porque el malogrado sistema de transporte quiere cobrar más y trabajar menos, para no desgastar los carros por falta de repuestos, sintiendo que la calidad de vida se esfuma en el oficio insufrible dedicado a la espera en una parada de buses.

Y si estás entre los que tienen carro, el privilegio se te convierte en un tormento que no te deja dormir desde el concesionario. Los precios son los del día y con la advertencia de que serán mayores para el siguiente, convirtiendo un servicio de rutina, como el cambio de aceite, en un lujo que cuesta más que todas las prestaciones ahorradas en casi diez años de trabajo. Y así, cómo no perder la fe.

A pesar de todo este inventario de cosas, uno trata de ser optimista y refugiarse en el consuelo pequeño y mezquino de que hay quienes la tienen más complicado que uno, y aún así siguen de pie.

Pero cómo cuestionar a quien ya no tiene un gramo de optimismo por qué la perdió. Porque si necesitó una medicina no la consiguió y quien sí la tiene, le pone un precio tan enorme como su necesidad, palpando el tamaño descomunal de nuestra bancarrota moral que se aprovecha del otro y comprobando al mismo tiempo nuestra debilidad institucional, que solo se entretiene ideando soluciones aéreas.

Cómo increpar a quien no concibe otra alternativa mejor que mudarse de planeta, porque si se va para Colombia le dicen “veneco”, si se va para Panamá lo tratan con fobia y si se va para España, le dicen “sudaca”, sintiendo que el primer y tercer mundo tienen muy mala memoria y poca gratitud con Venezuela.

Cómo un joven de nuestro país no pierde la esperanza y el optimismo cuando llega a la conclusión de que sirve de muy poco estudiar para poder vivir bien, cuando está comprobado que puede ganarse la vida con mejores utilidades dedicándose al comercio informal y especulativo.

Con ese panorama desolador nos tropezamos casi que a diario, e incluso hasta quedándonos en casa, porque revisando el teléfono para actualizarnos, llegamos a leer el estado catastrófico de algún conocido compartiendo sus frustraciones con amargura, groserías y resentemiento.

De verdad que hay que ser de un estado de alma tan parecido al de Buda para caminar por toda esta realidad conservando la calma, el amor y el optimismo. Quienes tratamos e insistimos en hacerlo, somos unos verdaderos héroes sin pedestal que los hiper realistas confunden con un estado de gracia que roza la inocencia más pendeja.

Yo quiero seguir insistiendo, pero con el atributo de hacerlo sin dejar de observar la dimensión real de nuestra cotidianidad, esperando todavía, muy en el fondo, la comprobación de aquella promesa, que no se quien se la ideó, de que debemos pasar por este abismo para poder aprender por fin las lecciones históricas que otros aprendieron antes para poder vivir mejor.

DesdeLaPlaza.com/Carlos Arellán Solórzano