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La bienvenida a la cacería

En los tiempos de polarización, como ahora, son notorios los desafíos y desafueros, así como las neutralidades y posiciones firmes. No ha sido la primera vez. El 11A hubo quienes se desmarcaron del chavismo y quienes salieron a la calle a defenderlo; no faltaron tanto los “arrepentidos”, como los juerguistas que festejaron el golpe; tampoco aquellos funcionarios en cargos de confianza que se pusieron “a la orden” de Pedro Carmona, ni los militares conspiradores que hasta imploraron perdón luego de derrotada la conjura. Meses después durante el sabotaje petrolero, el clima de opinión, sin redes sociales, continuó pariendo seres “apolíticos”. Hoy el escenario se cuece igual, pero con el agregado del terror.

Poco fortuitas han sido las afirmaciones del diputado de Voluntad Popular, Freddy Guevara cuando dijo: “hacemos un llamado a todos los sectores y también a quienes todavía apoyan a este régimen, que ya llegó el momento de las definiciones”; lo mismo semanas atrás cuando sentenció que “es más costoso hundirse con Maduro que ponerse del lado del pueblo” y en ese tenor están las palabras de opinadores, como Patricia Poleo, quien dijo que todo trabajador de la administración pública debe ser perseguido.

La cooptación de “arrepentidos” y el deslinde de algunas figuras de autoridad reimpulsan la propaganda antigubernamental; sus testimonios son usados como aniquilación del símbolo de la hegemonía revolucionaria, entretanto la violencia verbal y física son el fuelle de la amenaza hacia el núcleo duro del chavismo, para lograr el quiebre de voluntades.

El mundo conoce de esto. El terror contra el comunismo surgido ante el triunfo de las revoluciones rusa y china halló su nido en el sector conservador estadounidense al comienzo de la Guerra Fría, cuando en la década de 1950 hubo persecuciones, delaciones y vigilancia contra quienes realmente fueran o hayan sido señalados como comunistas.

La caza de brujas y la captación de esos “arrepentidos” fue impulsada por el senador republicano Joseph McCarthy, instaurando el “macartismo” que en la industria del cine acusó de comunistas a creadores como Orson Welles, Dashiell Hammet, Arthur Miller, Bertolt Brecht y Charles Chaplin. También aplicó la purga de intelectuales de las universidades, la quema de libros e interrogatorios transmitidos en vivo por televisión.

En el artículo ¿Por qué escribí las Brujas de Salem? (1996), publicado por The New Yorker, Miller narra la parálisis generada por el miedo, lo común que era ver al “viejo amigo de una persona que estaba en la lista negra cruzando la calle para evitar ser visto hablando con él, las conversiones de la noche a la mañana de ex militantes de izquierda transformados en patriotas”.

El dramaturgo estrenó su obra teatral en medio de esa histeria, basándose en los juicios de Salem, Massachusetts (1652), cuando el fanatismo religioso llevó injustamente a 25 personas a la horca por supuestamente usar la brujería; solo perdonó a quienes reconocieran haber tenido contacto con el Diablo y que nombraran “a otros que hubieras visto en compañía del Diablo”, lo que el autor llama “una invitación a la venganza individual”.

“Tiene que morirse por chavista”, decían en la turba radical que en Altamira dio puñaladas y quemó a Orlando José Figuera el sábado 20 de mayo, cuando regresaba de su trabajo; “¡Muérete! ¡Tienes que morirte por chavista!”, le dijeron el jueves 18 a Carlos Ramírez, quien también fue quemado por las escuadras de choque que lo atacaron en la salida de la estación del Metro en la misma zona. En Mérida, el fuego también consumió la vivienda de artesano Román Rodríguez, perseguido por ser chavista.

En esta campaña de agresiones se suman los ataques a diplomáticos e hijos de funcionarios en el extranjero, con la aparición de un nuevo agente de odio, el autodenominado social media hunter, que se ha encargado señalar personas y domicilios en redes sociales para su “cacería”. “¿Cómo se siente ser escupido en todo el planeta? ¿Que no haya sitio dónde esconderte, avión dónde volar? ¿Que ya no tengas paz jamás?”, un dechado de odio viral en Twitter dicho por el periodista César Miguel Rondón.

Otra figura surge de la boca de voceros opositores en difusión estrecha a sus seguidores: el infiltrado, que siembra la paranoia en la base social opositora. “Falso que radicales son infiltrados, pero sí es cierto que infiltrados se infiltran (valga la redundancia) en grupos radicales. Mosca”. Este galimatías puesto en un mensaje por Freddy Guevara en Twitter, aunque confuso, busca culpables. Que lo digan los dos hombres víctimas de una paliza en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco por ser confundidos con dirigentes del chavismo o quienes siendo opositores se han pronunciado en redes sociales contra los trancazos y barricadas.

Tras el discurso de lucha por la democracia y libertad que emplea la derecha radical, subyacen las acciones violentas que resultan de técnicas de propaganda, como la demonización del adversario y la desaprobación social, apelando a un miedo que justifique el terror contra el que opina distinto, alardeado por grupos en guerra permanente y fascismo. Este antipacifismo y llamado a la división son los brazos de la tenaza que se cierra sobre la Revolución Bolivariana.

El ejercicio de la prudencia ha sido una característica del chavismo en su cotidianidad y así ha ganado las guerras, con sosiego, mimetizándose en esa espiral del silencio postulada por Elisabeth Noelle-Neumann, quien explicó que en ocasiones lo que expresa un segmento de la opinión pública puede llegar a ser ponderado como la voluntad de toda la sociedad, simplemente porque hay quienes padecen del miedo al rechazo por disentir del “consenso”.

Por el contrario, si alguno considera que su opinión forma parte, se manifestará con confianza. La espiral del silencio puede explicar porqué en Venezuela hubo eventos electorales en los que el sentimiento de frustración apabulló al triunfalismo opositor que se aseguró victorias donde no las había sólo porque su entorno estaba inmerso en ese “consenso”, que además fue reforzado por los medios de comunicación.

“Sólo cuando una espiral del silencio se ha desarrollado plenamente y una facción posee toda la visibilidad pública mientras que la otra se ha ocultado completamente en su concha, sólo cuando la tendencia a hablar o a permanecer en silencio se ha estabilizado, las personas participan o se callan independientemente de que las otras personas sean o no amigos o enemigos explícitos”, dice Noelle-Neumann para explicar el momento cuando el llamado “núcleo duro” o remanente de la opinión consensual se hace vanguardia, cuando aparecen actores comunicacionales que refuerzan el contenido de opinión contrario.

En el contexto venezolano la espiral del silencio se sustenta en contenidos digitales y emocionales orientados al odio, con el peligro de ser más permanentes que cualquier argumento e incluso promueven la ausencia de tales. Son guerreros del Twitter, pero no baquianos de la conversa.

Mientras, el núcleo duro sustenta mediante argumentos la opinión en favor de una solución pacífica, con la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente, mensaje que dependerá mucho de los medios de comunicación y de la propaganda gubernamental para fracturar el “consenso” de una oscura espiral del silencio o de la guerra.

Las pretensiones de algunas nulidades engreídas de acabar con el símbolo del chavismo son peligrosas, para dividir se muestran como oferta engañosa, una fiesta de bienvenida para “arrepentidos” y “engañados”, pero su promesa pinta ser tan brutal como el Pacto de Punto fijo, que desmovilizó a la izquierda con torturas, muertes y desapariciones. Un ciclo peor pudiera instaurar el antichavismo, con terror, furia y paranoia, porque tras la pugna se propicia el fratricidio.

DesdeLaPlaza.com/Pedro Ibáñez