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José Antonio Ramos Sucre: Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando el sueño de la tierra

Tal día como como hoy se cumplen 87 años del fallecimiento de uno de los más insignes poetas venezolanos, José Antonio Ramos Sucre, destacado por desarrollar una poesía nueva en la cultura nacional, distinta a las corrientes que predominaban entre los escritores de la época

Nació el 9 de junio de 1890, en la ciudad de Cumaná, estado Sucre, y se destacó también  como educador.

Hijo de Jerónimo Ramos Martínez y Rita Sucre Mora, el pequeño José Antonio aprendió las primeras letras en la escuela Don Jacinto Alarcón, en Cumaná. Su acercamiento con la literatura sucedió a edad temprana, cuando se trasladó a vivir en Carúpano con su tutor José Antonio Ramos Martínez

Años más tarde cursa estudios de derecho y filosofía en la Universidad Central de Venezuela (UCV), lugar donde también aprendió diferentes idiomas, entre ellos inglés y francés, hasta que el centro de estudios fue cerrado por orden del dictador Juan Vicente Gómez.

Se desempeñó circunstancialmente como juez, por cierto con sabiduría y rectitud. Desde muy joven se ganó la vida como profesor de latín e historia universal en liceos y como traductor de diversas lenguas en la Cancillería venezolana.

Este trabajo consumió mucho de sus energías físicas; lo cumplió siempre con el esmero y la tenacidad que le infundía su pasión intelectual, no obstante la fragilidad de su salud, sus crónicos insomnios y la concentración que le exigía su propia obra.

En su trabajo literario predomina la muerte como figura constante, así como una gran destreza para retratar hechos reales y fantásticos.

Su muerte ocurrió el 13 de junio de 1930 en Ginebra, Suiza, cuando hastiado de su lucha contra el insomnio, trastorno que comenzaba a afectarle su apetito y claridad mental y que le ocasionaba episodios de fiebre y pérdida de conciencia, decide ingerir una alta dosis de somníferos, acabando así con su vida. Tenía 40 años de edad.

Su acento narrativo

En el libro José A. Ramos Sucre, Antología Poética, número 20 de la colección de la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, el también poeta Francisco Pérez Perdomo manifestó en el prólogo que el acento narrativo de la obra de Ramos Sucre representó un desafío para las orientaciones poéticas de su tiempo. 

“En sus libros publicados, Ramos Sucre desafía las orientaciones poéticas que prevalecen para aquel momento entre nosotros. Frente a una poesía amarrada un tanto por las formalidades del metro, la estrofa, la rima, la gratuidad de imágenes, el ritmo exterior, etc., Ramos Sucre opone una poesía de mayor osadía en los procesos visionarios”, expresaba Pérez Perdomo en el prólogo.

Fue esta osadía la que por momentos hizo que la obra del cumanés no recibiera el reconocimiento que merecía, incluso, se trató de negársele su condición de poeta.

En ese sentido, agrega “Ramos Sucre resultaría no sólo un poeta sino uno de los más renovadores que haya producido la poesía latinoamericana (…) Su lenguaje es uno de los más lúcidos y laboriosamente trabajados en la poesía venezolana de todos los tiempos”. 

Su último poema llevó por nombre Residuo, y fue escrito en Suiza, días antes de su muerte.

Comencemos a apreciar esa obra…

EL REZAGADO

“La tempestad invade la noche. El viento imita los resoplidos de un cetáceo y bate las puertas y ventanas. El agua barre los canales del tejado.

He dejado mi lecho, y me he asomado, por mirar la calle, a la ventana de la sala en ruinas. Los meteoros alumbran un panorama blanco.

Estoy a solas en la oscuridad restablecida, velando el sueño de la tierra”. (…)

(De “La torre de timón”)

LA AMADA

“La hermosa vela y defiende mi vida desde un templo orbilcular, rotonda de siete columnas.

Su voz imperiosa desciende, por mi causa, a las modulaciones del canto.

Salí confortado de su presencia, llevando, por su mandamiento, una rama de cedro.

Descendí por una vereda montuosa hasta la orilla del mar, donde se balanzaba mi esquife.

El cántico seguía sonando, ascendente y magnífico. Paralizaba el curso de la naturaleza. Me alentó a salvar la zona de la borrasca.

El sol permaneció, horas enteras, asomado sobre la raya del horizonte”.

(De “Las formas del fuego”)

EL SUPERVIVIENTE

“El río funeral principia en una ciénaga del infierno, donde gimen las sombras errátiles. Describe circuitos lánguidos antes de salir a la faz de la tierra. Su linfa discurre por una vía de sauces tenues y los inunda. Ovidio no transita, durante su confinamiento, una ribera más infeliz.

Yo venía siguiendo los pasos de la sibila de castidad incólume. Escondía su rostro en el velo mágico donde Proserpina dibuja, siglos antes, las formas de los seres. Yo portaba en la diestra una flor mitológica y la ofrecía en secreto al signo presente del zodíaco” (…)

(De “El cielo de esmalte”)

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