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La Santísima Trinidad, o tres en una

Porai anda rondando un meme ilustrado de una mujer que está explotadísima (es decir, alto par de tetas, sendas nalgas, cinturita de avispa, bembona, pelo largo y frondoso) que va caminando en la calle. Le pasa por al lado a un tipo que se la bucea, pero cuando el pana va a verle el culo se lleva la sorpresa de que ella tiene pegado en el trasero un letrero que dice “soy la hija de alguien”, y ese hombre se queda frío en el sitio.

Más allá de que la jeva esté explotada (que es muy su rollo, y de cánones de belleza hablaremos en otro momento) ella es, en efecto, la hija de alguien, la hermana de alguien, la esposa de alguien, la novia de alguien y metamos acá el nexo filial que quieran. Lo que pasa es que la división de los cuerpos que hemos heredado y que seguimos empeñadxs en continuar nos obliga a categorizar.

No es sólo un prejuicio, es meterla en una cajita que nos permite convencernos de quién es esa persona, y según el nivel de cercanía emocional o el interés que haya con la pobre mujer más facilidad hay para categorizarla, y al mismo tiempo, más invisible se hace ese cuerpo y ese ser ante lo que bajo la categorización que hicimos calza, o no. Si la jeva se sale del conjunto de atributos y características que en nuestra mente la hace ser ella, pasan dos cosas: o hacemos lo posible por meterla de nuevo en la cajita oscura de 4 lados (O sea, está perdida. Pobrecita. Hay que ayudarla) o la satanizamos (puta, loca, irresponsable, histérica, inútil). No hay de otra.

Ahora, la categorización que hacen los hombres sobre “sus” mujeres es más drástica todavía. Y nos pasa en todas partes: en la familia, en la chamba, en la calle. Todos nuestros patrones relacionales parten de esa categorización. Es bien perverso este beta si lo miramos bien.

Pareciera que hay tres mujeres distintas, un poco a lo que las tres carabelas en las que el maldito de Colón se llegó a la Abya Yala significan: La Esposa (la santa, la devota, la inquebrantable, la madre), La Hija (la virgen, la fértil, la frágil, la niña eterna) y La Puta (la desvirtuada, la seductora, la bruja, la perversa, la diosa). En ese sentido, no hay forma ni manera de que estas mujeres se unan. Es decir: La Madre no puede ser La Puta también, así como La Puta ni de vaina (se muere ese hombre) puede ser La Hija.

Y así nos podemos poner a jugar sudoku con las figuras de estas tres mujeres pero siempre que las unamos tendremos como resultado una aberración de la naturaleza. ¿Cómo puede ser posible que estas mujeres puedan ser cada una de estas categorizaciones al mismo tiempo? ¡No! ¡Jamás! ¡Herejía y paganismo!

Ah, pa eso sí somos bien cuadradxs, ¿no? Sí sabemos diferenciar, sí nos lo tomamos en serio. Como que si la continuidad de la vida dependiera de la diferenciación de mujeres en vez de poner la energía en construirnos espacios físicos y emocionales genuinos pal vivir bien. El problema empieza cuando, en efecto, la mujer tiene un poquito de cada cosa. ¿Y qué pasa? La satanizan. “¡Cuidao que ahí viene el diablo!”.

Pongámonos: una chama preciosa, que está buenísima, inteligente, trabajadora (inserten acá más atributos para la categorización) queda preñada a los 22 y cría sola. Corto circuito en banda. Nadie entiende. ¿Qué pasó acá? Ah, claro. La jeva es rolo e puta. Es la única explicación, ¿o no? No supo cerrar las piernas, su mamá no la enseñó.

Una mujer a sus largos cuarentas, con dos chamxs, decide divorciarse del marido. Meses después está saliendo con un pelao de 23. ¡Puta! E irresponsable, además. Se volvió loca. Eso lo hizo por malcogida. O, una chama joven, 28 años, sin pareja, sin chamxs, sin plan de vida convencional pa pasao mañana, decide irse a hacer un año al Amazonas. ¡Frígida, fracasada, lesbiana! Una señora que queda embarazada a los 42, fue un accidente. ¡Alguien mátela y quítele al carajito!

Muchas de nosotras nos enfrentamos a esto todos los días durante toda una vida. Algunas lo desnaturalizan, otras continúan el ejemplo, otras son cómplices silentes. Pero así como cuando nos salimos de la cajita cuadrada en la que el mundo nos metió (consecuencia de la homogeneización de la cultura y la dicotomía mujer=naturaleza vs. hombre=civilización) ocurre un corto circuito, lo mismo nos pasa a nosotras.

Todas, en algún momento, nos hemos visto en la obvia y natural situación de salirnos de la cajita. La cuestión está en hacer lo posible por seguir en la desgraciada cajita o pensar en por qué nos dio ese cortocircuito y convertir ese cable quemao en motor y arma pa pelearnos ésta.

Nos pasa cuando nuestros padres nos dicen “¿Para dónde vas tú con eso tan corto?” (La Hija y la Puta), cuando la pareja nos dice “¿Por qué llegaste tan tarde? ¿Con quién andabas tú?” (La Esposa y La Puta) o cuando un tipo nos silba en la calle y nos dice una barrabasada y resulta ser un amigo de nuestro viejo (Ja. Esta es clásica. Al hombre le da una angina de pecho) “Ay, ¡chama! Tú si estás grande, vale ¡Cómo has crecido! Dios te bendiga”.

El hecho es, esas tres mujeres son la misma mujer. Y siempre y nunca lo han sido al mismo tiempo. Pero si nosotras queremos y buscamos un mínimo de respeto hacia nuestros cuerpos, hacia nosotras como seres humanos, tenemos que, primero, aceptar que nosotras mismas nos categorizamos y lo hacemos con otras mujeres (la eterna competencia entre las jevas, ya basta. Dejemos de darle la razón a Hollywood) y luego partir de allí para eliminar la categorización cultural, naturalizada y despiadada que nos acompaña. Nada de las que son el culito perfecto, la diosa inalcanzable o la madre amorosa. Nada deso.

Todas somos diferentes la una de la otra, todas somos lo que somos, y más aún cuando quienes somos no es en tanto percepción del otrx, en tanto aceptación ajena, sino en tanto eso nuestro que viene de adentro hacia afuera. Cero “a imagen y semejanza de”, reinas. Acá venimos a partirla nosotras siendo nosotras, no a vernos en el espejo que refleja lo que no es. Nosotras no somos utopía.

DesdeLaPlaza.com/Sahili Franco/Ilustración: Kalaka