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Reverón, nuestro loco genial

Armando Reverón es el inventor del mundo, de su mundo. Esta invención partió sobre todo de la observación del mundo que existía a su alrededor y supo establecer nuevas relaciones para que ese mundo sencillo se convirtiera en el eje conceptual y en la razón profunda de su creación.

En Macuto, Reverón hizo una de las obras más importantes del arte venezolano y mundial. Desde una sencillez extrema y sin ingenuidades, el loco de Macuto desarrolló un lenguaje sofistica, profundo, cargado de magia, de poesía, de imaginación maravillosa, pero una de las enseñanzas más hermosas que nos dejó es que el artista, el creador debe ver en profundidad su entorno y crear desde allí su obra.

En su dilatada estadía en el Castillete, Reverón armó un mundo sencillo y mágico a su alrededor. Con los elementos que lo rodeaban, con maderas, sacos, tierras, carbón y hasta mierda. Generó rituales que lo acercaban a la piedra, a la tierra, a los árboles, a las energías primarias que conforma el ecosistema. No buscó tener grandes recursos, sofisticadas herramientas, aunque las conocía de su estadía en Europa.

Volvió nuestro a su tierra, a su mar, a su luz. Buscó en los elementos básicos la profunda complejidad de su pintura. Pintó el universo todo con un tono de color, teniendo como excusa un cocotero, un cielo, una mujer. Lo pintó con sus manos, con sus gestos, con los mínimos trazos de máximo poético.

En la enseñanza sencilla y profunda de reconocernos en nuestro entorno y en nuestras prácticas radica quizá la genialidad de Reverón. Él como casi ningún otro creador visual del siglo XX venezolano, hizo un arte venezolano, un arte de la identidad, un arte con los elementos y la sensibilidad poética de esta tierra. Reverón no buscó ser universal. Reverón hizo un arte universal desde su tierra, desde su rancho de Macuto, desde la luz de su playa, desde una acción extraordinariamente sencilla.

La creación reveroniana trascendió las etiquetas, se hizo difícil endilgarle algún “ismo”, rompió las nomenclaturas amañadas y abrió una zona de la creación plástica que no había sido explorada. Y es que una obra de estas características no se puede hacer sino con toda la vida vertida en ella, con una convicción empecinada, con un alma abierta a la poesía y fundamentalmente desde la idea y la emoción original de la propia tierra.

Esta enseñanza del mago de la luz cobra una vigencia particular en estos días cuando nos toca crear una nueva sociedad, cuando nos trazamos el camino del socialismo, cuando estamos creando una obra maravillosa que legaremos a la humanidad. Hay que estar atentos a nuestro entorno inmediato.

DesdeLaPlaza.com /Oscar Sotillo Meneses