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Peligro al volante (y III)

Cierro los ojos y recuerdo esa tarde, cuando mi mamá me ofrecía quedarme con el carro de mi papá, un Cavalier azul del 98, antes de que pidiera uno nuevo y lo fuese a chocar. Estaba asegurado, en buenas condiciones y listo para que yo le diera todo el “julepe” posible, pero no. Yo, de orgullosa, malcriada, niña mimada, antojada, armé mi respectivo berrinche, y dejé muy claro que quería de regalo de graduación: una camioneta Volskwagen Cross Fox en color amarillo y sino, no quería nada (inserte la trompita con los labios apretados). Al final del cuento, no me quedé con ninguno. Mi papá vendió el de él y se compró otro, para él. Aunque ahora, igual lo pueda usar, no es lo mismo. No es MI carro.

Superado el trauma y aprendida la lección, comencé a ser chofer designado, a causa de una operación que le hicieron a mi viejo en sus hombros y coincidió con mis ganas permanentes de agarrar asfalto sobre ruedas. Disfrutaba inmensamente eso de ir a buscar a cuanta tía tengo, lleva y trae, “ve a la panadería”, “anda a la farmacia”, “busca a tu hermana”, todas esas frases era música para mis oídos porque significaba que iba a sentarme un ratico detrás del volante.

Toquecitos y raspones

El miedo a decepcionar a mi papá por alguna imprudencia o torpeza al conducir, no me permitía cometer infracciones ni aventurarme en muchas cosas, respeto los semáforos y pongo mi luz de cruce, casi no le hundo la pata ni me pongo a picar cauchos y siempre que puedo, le echo gasolina. A pesar de que hago todo esto, no he salido ilesa.

No siempre he sido yo la culpable del estado de la latonería y pintura del carro de la casa. Mi papá una vez, se equivocó de pedal saliendo del estacionamiento en Parque Central y se frenó (de retroceso) con otro carro que estaba estacionado allí y “esguañingó”, “esfarató”, “descoñetificó”(*) por completo la maleta de nuestro carrito. Por más que esperó al dueño del otro carro, nunca llegó, ese estacionamiento es un cementerio de vehículos.

Otra vez, estábamos esperando en una luz roja y un ciclista se estrelló contra la puerta del copiloto, reventando la platina decorativa. La más reciente fue echando para atrás y un poste que no vio le hizo saber que hay un punto ciego en el retrovisor.

Una vez regresando con toda la familia abordo, en nuestro puesto de estacionamiento estaba una vecina en su carro, al llegar y ver que nuestro espacio estaba siendo ocupado por otro carro le hice cambio de luces, como diciéndole: “muévete abusadora del coño, qué carajos haces tú en mi puesto?”, la mujer en cuestión no se le ocurrió otra cosa, que abandonar el puesto de la manera más torpe y complicada posible, dejándome un rango para maniobrar casi ínfimo. Al cruzar para entrar en el puesto, mis cálculos no fueron exactos y me pegué demasiado de una columna que hay allí y pues, pasó lo que tenía que pasar… rallé todo el costado del carro y cuando escuché el grito de papá, me asusté y metí retroceso y ralle otra vez toda la puerta y bueh… Esa vecina se tuvo que mudar, porque donde la veía la insultaba. ¡¿Qué coño de la madre tiene que estar haciendo estacionada en mi puesto, ah? haciendo que uno choque el carro! ¡No joda!

Maneje con cuidado

Una noche iba saliendo de un bar por la Av. Solano, ese que tiene el nombre francés, me monté en el carro y sentí como si me miraran desde lejos, no le hice caso y arranqué, cuando me desviaba para ir a mi casa, pasé por la calle que atraviesa al Boulevard de Sabana Grande y escuché un par de motos. Como les conté en Plomo al hampa. Era de madrugada, me extrañó que a esa hora hubiesen motorizados y me activé. Sentí pánico cuando se pusieron de lado y lado haciendo señas (con pistola en mano) para que me detuviera, me entró el espíritu de Towanda o el del Goofy ese que se transforma ante el volante y con una maniobra inesperada, le di bien duro al volante hacia ambos lados, los tumbé a los dos y apreté el acelerador para escapar.
Lamentablemente, en la huida y por el miedo, monté la rueda en uno de los mojoncitos de cemento que hay por todo el boulevard y casi parto la punta de eje del carro, que a duras penas, llegó a casa. No pudimos rodarlo por un buen tiempo, pero ni me robaron ni me mataron. Fui un peligro al volante, pero para ese par de malandros que intentaron robarme. Luego de eso, cuando escucho una moto aprieto bien duro las nalgas y el volante, por si debo repetir la hazaña.

Traten de manejar con cautela, con sentido común, con respeto por los peatones, aunque en esta ciudad si no comes, te comen. Ojalá y todos manejaran con más cuidado, evitarían los choques y se ahorrarían la plata de los seguros y reparaciones o de vender tu precioso carro en una chivera porque sólo te quedó para los repuestos.

Luego de todas estas historias, podemos llegar a varias máximas:

Quítense ese complejo de Pastor Maldonado y dejen de andar picando en las autopistas, siempre chocan.
Hay muchas mujeres que sí manejamos bien.
Respeten las señales de tránsito, no importa que sea día feriado.
Un semáforo dura máximo 60 segundos, en un minuto tu vida puede cambiar o puedes cambiársela a otro por tu imprudencia y atore de llegar primero.
El asfalto mojado es como un jabón, pendiente.
Los retrovisores sí son útiles, úselos.
Manejar el celular mientras manejas el carro, no es buena mezcla, por más ducho que seas usando tu móvil.
Nadie tiene mejores reflejos estando borracho.
Deja el sebo y concéntrate en la vía (hacia el hotel).
Si tienes sueño, estaciónate en un lugar seguro y toma una siesta de 15 minutos.
La R no es de “rapidito”.

 

(*)“esguañingó”, “esfarató”, “descoñetificó”: son sinónimos y cualquiera de ellos puede servir para referirse cuando algo o alguien se vuelve mierda.

 

IG/TW @VickyZoe